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Todos somos pequeñas piezas encajadas en un gran puzle, conscientes de que nunca más seremos como antes

“Buenos días Jordi: necesitamos que hagas seis traqueotomías” decía el watsap del incansable jefe de intensivos. “Ok. Las haré consecutivamente”. “¿Seguro?” “Sí, seguro”.

El maldito coronavirus se ceba en los pulmones, a veces los aniquila, impidiendo la respiración. En estos casos, el paciente fallecerá asfixiado si no es conectado a un respirador, una máquina que le administrará oxígeno que será llevado a los pulmones, bien desde la boca, por el llamado tubo de intu­bación, o bien a través de un orificio que se crea en el cuello, ­mediante una operación quirúrgica que denominamos traqueotomía.

Treinta y cinco años atrás, durante el primero de los cuatro años de especialización, una madrugada realicé mi primera traqueotomía, ayudado por un compañero tan inexperto y asustado como yo. Éramos dos pipiolos con mucho empuje y escasa preparación. Al finalizar la intervención, ya en el vestuario, nos despojamos de la ropa chorreando sudor, mientras José Luis, mi compañero balbuceaba: “Ha sido un milagro que el paciente no se haya muerto”. “Y que nosotros tampoco”, añadí yo. En aquel momento recordé las palabras de mi padre, justo antes de ir a elegir la especialidad. “Que no sea una especialidad quirúrgica, Jordi. Tú no sirves para operar”. Lo que mi padre ignoraba es que hay dos tipos de cirujano: el que nace (más hábil), y el que se hace (más tenaz). Yo he sido de estos últimos.

La adquisición de la habilidad es un proceso curioso: durante años vas fijando miles de detalles, que se van sumando hasta que un día cualquiera, sin saber por qué, los gestos se vuelven automáticos, las vacilaciones desaparecen y la seguridad se instaura definitivamente.

A pesar de la incomodidad de operar a cada paciente en su cama, apoyado por una excelente enfermera y ayudante, y con todos los medios técnicos y de protección aportados por la unidad de cuidados intensivos y el resto de la clínica, las seis operaciones se encadenaron velozmente sin interrupción.

Por supuesto, seguimos inmersos en la tragedia. Probablemente la peor que ha padecido el planeta desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en los hospitales, los valores humanos y el compañerismo se han acentuado como nunca. Y todos hemos aprendido que nadie es mejor ni más importante: enfermeras, celadores, personal de la limpieza y mantenimiento, administrativos, cocineros, médicos, etcétera. Todos somos diminutas piezas encajadas en un gran puzle. Conscientes, eso sí, de que cuando salgamos de esta tormenta, no seremos nunca más los que éramos antes de entrar en ella.

Uno de los pacientes ha fallecido. Otros siguen luchando. Pero la mayoría se han recuperado tras derrotar al coronavirus. Como si quisieran reforzar nuestra convicción de la inmensa fortuna de poder ser útiles. Y es que, en realidad, cuando ayudamos a los demás, nos estamos ayudando a nosotros mismos.

FUENTE: La vanguardia